El goce femenino: ¿solo ellas? – Tiresias

El goce femenino: ¿solo ellas?

El siglo XX ha sido el escenario de un proceso importante en lo que concierne a las mujeres, habiendo  quedado cuestionadas las maneras tradicionales de la vida social. Durante mucho tiempo ser madre y esposa habían sido los únicos destinos para la mujer. En su elogio a la mujer, Kierkegaard, criticaba que a las mujeres se les hubiese prohibido tomar la palabra en público.

Freud, tantas veces acusado de misoginia, no pretendía haber resuelto la cuestión de ¿qué quiere una mujer?  Su respuesta fue que la mujer quiere el falo por estar privada  de él, y es por ello que Freud recurre al pennisneid para describir la problemática de las mujeres. Tres salidas encuentra Freud: la renuncia a la sexualidad, el complejo de masculinidad y la maternidad. En Freud no se encuentra la diferencia entre goce fálico y goce femenino que distinguirá Lacan. Freud no nos permite hacer una diferencia entre madre y mujer.

A falta de poder decir que es una mujer, el psicoanálisis puede examinar, los caminos por los que una niña puede llegar a convertirse en mujer. En las curas analíticas, Freud encontrara que el rechazo de la feminidad es válido para los sujetos de ambos sexos, rechazo que proviene de la primacía del falo. De allí un sexo se caracteriza por un tener, siempre amenazado por la castración y el otro, por la privación de ese tener.

Para el siglo XXI Jacques-Alain Miller afirma que entramos en la gran época de la feminización del mundo lo que ubica la problemática de lo femenino en el centro de nuestro interés. Ese término se alinea con el desfallecimiento de lo simbólico y del Nombre del Padre. Pero la feminización del mundo implica también un nuevo imperativo al goce, la globalización del mercado promueve efectos  y se asienta en la lógica del no-todo.  Promueve la reconfiguración de los sexos que acontece en este nuevo siglo y el ascenso de las mujeres a lugares  que siempre estuvieron  reservados a los hombres. El declive de la función paterna conduce a una sociedad de los goces que no pasan por el falo y es por ello que el goce encuentra dificultades para hacerse regular.

El psicoanálisis nos enseña que por mucho que las mujeres de hoy avancen en su lucha social no por ello se responde a la pregunta  que nos lego Freud. La concepción del sexo femenino como  Otro y  la dificultad de identificación con el propio sexo encuentran siempre dificultad en el decir.

Para Lacan las relaciones entre los sexos giran alrededor de un ser y un tener, que se refieren a un significante, el falo. Hay un parecer que se sustituye al tener, por un lado se protege, por la amenaza de perderlo, por el otro se enmascara la falta. Ser en lugar de no tener es la metáfora fálica de la mujer, uno de los caminos de la solución femenina. En el inconsciente sólo existe un significante para nombrar la diferencia sexual: el falo. Pero el goce fálico es un goce limitado, es decir que el significante fálico no puede dar cuenta de todo el goce.

Lacan denomina mujer a aquellos sujetos que han elegido no situarse enteramente dentro de los límites de la función fálica. Quienes lo  experimentan, dijo Lacan, nada pueden decir de él, lo denominara goce suplementario. Sin embargo el no-todo en la función fálica concierne a todos los seres hablantes.

Para el psicoanálisis no hay definición de La mujer, hay sólo dos modos de vivir la pulsión: femenino o masculino. De este modo, la inclusión en la parte mujer de los seres que hablan no responde al sexo biológico.
La noción del goce femenino como sustrato de todo goce es un nuevo paradigma del goce que Jacques-Alain Miller extrae de su lectura de la  última enseñanza de Lacan, especialmente, de lo que se desprende del seminario XX en cuanto a la existencia de un goce no-todo atravesado por la función fálica, y del seminario XXIII, por cuanto las elaboraciones de Lacan en torno a Joyce permiten avizorar maneras de hacer con el goce que involucran una suerte de inconsciente real, allí donde la dimisión paterna es patente.

El goce femenino no está regulado en el cuerpo como en el caso del goce masculino,  que se encuentra sometido a la detumescencia, de lo que Lacan hace el principio de castración.

El goce femenino es por lo tanto un goce distinto, y sobre todo, un goce que no tiene límites. Lacan lo llamó «goce suplementario» en su seminario Aún, seminario donde él teoriza el goce femenino desprendido de toda referencia biológica o anatómica y en el que propone las formulas lógicas de la sexuación. La existencia de este goce suplementario, indecible para las mujeres, funda el «no hay relación sexual», desarrollado en el seminario “…o peor”.  Decir que «no hay relación sexual» significa que no hay complementariedad entre los goces masculino y femenino, que ambos goces son diferentes, que el goce fálico y el goce Otro de la mujer no están hechos el uno para el otro. Esto explica, en gran medida, el desencuentro permanente que hay entre los hombres y las mujeres.

En sus fórmulas de la sexuación, Lacan introduce dos lógicas de funcionamiento diferentes del parlêtre respecto de la función fálica. El no-todo, es la lógica que rige del lado femenino, mientras que del lado masculino rige la lógica del todo y la excepción. Cada ser parlante puede situarse en uno u otro lado de las fórmulas, quedando ambos ubicados en la función fálica, pero de modos diferentes.

Lo femenino como un nombre de lo real apunta a lo que Lacan llamó “haydeloUno”, existencia de un goce contingente, que aparece sobre el trasfondo de la no relación sexual. Goce que Lacan nombra como “no-todo” y escribe con el matema S(A/). Goce innombrable, indecible, frente al que cada parlêtre responderá de manera singular en un intento de cernir y nombrar eso que no puede ser nombrado.

Guy Briole en las Jornadas sobre un nuevo amor en la ELP nos propuso que para el hombre no se trata tanto de dejar de buscar en la mujer un sustituto materno, sino de dejar de buscar una mujer que el padre podría amar. Para el hombre, se trata de dejar de hacer un síntoma de una mujer, es decir, de hacer de ella un complemento que tapone su castración, para hacer de ella un partenaire. Los hombres tienen tendencia a situar a la mujer en el lugar del falo, para evitar la castración. Se trata de que ella no esté toda para él en ese lugar. Pues si bien las mujeres tienen tendencia a que el hombre sea “todo” para ellas, como señaló Lacan, es como “no todas” que ellas aman.

Hacer de una de ella un objeto de interés singular, interesarse por lo que es, por sus objetos es más una nueva relación que un nuevo amor. E implica el movimiento del hombre hacia una posición femenina donde él mismo estaría tomado en la lógica del “no todo”, lo cual no implica la desvirilización. Si bien Lacan, en el Seminario XX lo sitúa del lado femenino, en el Seminario XXI situó que los hombres también se pueden ubicar ahí.

El “no todo” concierne a todos. Esto implica una nueva orientación de la práctica analítica.

Marta Davidovich