Género y sexuación – Tiresias

Género y sexuación

Entre el género y la sexuación encontramos hoy, por un lado, las diversas asignaciones de una identificación sexual para todos los miembros de un colectivo y, por el otro, la elección por parte de un sujeto de su posición sexual. O lo que es lo mismo, abriendo esta brecha entre las descripciones sociológicas de las conductas sexuales de una población y lo propiamente vivido por los sujetos, el psicoanálisis se sitúa en el modo como cada uno responde a la inexistencia de una relación determinada entre los sexos.

Los conocidos Gender studies han hecho surgir diferentes constructos sociales con el propósito de superar la supuesta determinación por el sexo anatómico. La ferviente oposición a “la anatomía es destino” fue superada por los géneros, surgidos como construcciones culturales, que ofertaban identificaciones masificantes. Lo masculino, lo femenino, ser hombre o mujer; las identidades gay, lesbiana, bisexual, travestido, transexual o intersexual, todas ellas han sido propuestas por los autores de los Estudios de género como salidas a la heteronormatividad, que sitúa el coito hombre/mujer en el centro de la escena.

Las críticas al psicoanálisis como principal promotor de esa centralidad del falo se han empeñado fundamentalmente en buscar en la obra de Freud la norma sexual y sus desviaciones con respecto a la ley edípica. Sin duda, limitar la sexualidad humana al binario que Freud establece inicialmente en los “Tres ensayos sobre una teoría sexual” entre la identificación y la elección de objeto, implicaría desconocer lo que Lacan, después, situó como la fijación de goce. Cabe decir, sin embargo, que las notas añadidas por Freud en diferentes años a ese mismo texto pueden considerarse ya el primer pluralizador de la homosexualidad.

Con la enseñanza de Lacan, la perversión considerada como opuesta al pensamiento straight pasa a situarse al nivel mismo del deseo. La père-version será una cierta burla que hará Lacan al Edipo que, como recuerda Jacques-Alain Miller, está hecha para mostrar que el Edipo en sí mismo no es más que una perversión, que no existe la norma, o que la dicha norma no está hecha de otra estofa que de la perversión.

Llegados a este punto, el género se convierte en el producto de otra norma que causará sufrimiento en aquel que no pueda igualarse a ella. ¿Cómo entender, si no, las demandas dirigidas hoy a los analistas en forma de: “¿Soy gay?”, “no me siento suficientemente femenina”. O la errancia en la adolescencia por el laberinto de las identificaciones, que no consiguen reorganizar las pulsiones a partir de la diferencia sexual. O, incluso, lo modos diversos como se formula hoy la pregunta “¿Qué es ser padre?”

El psicoanálisis lacaniano debe ocuparse entonces de mostrar que el género no está ligado a un determinismo biológico ni tampoco es el resultado de una construcción social. La posición de un ser sexuado no puede universalizarse ni depender tampoco de una identidad, pues el goce, para cada sujeto, es radicalmente hetero. Incluso, en la sexualidad de lo homo, detrás de la aparente relación a lo mismo, lo que divide al sujeto es su relación al Otro femenino.

Precisamente, uno de los principales esfuerzos de la teoría queer ha sido pensar la sexualidad por fuera de las categorías de género. Si los desarrollos sobre el género hacían recaer el peso sobre la comunidad, la teoría queer, acuñada en los años noventa, acentuó lo raro que hay en cada práctica sexual con respecto a cualquier otra, en la búsqueda de una nominación del goce sexual. Con las prácticas BDSM (Bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo), por ejemplo, se reivindica la concreción de una identidad que haría lazo social a partir de la práctica de goce de un colectivo.

La perspectiva lacaniana aporta, sin embargo, una nominación que no se autoriza de ningún semblante ni del Otro social. A partir del Seminario Aún, “hombre” y “mujer” son los nombres de una relación particular de cada sujeto al goce fálico y a su más allá, el Otro goce. Y precisamente, en este goce suplementario al goce fálico, Lacan situará en su última enseñanza un goce específicamente femenino, liberando así a la cuestión femenina del goce fálico en el que Freud la había encerrado.

El término que Lacan acuñará como sexuación sitúa lo imposible de hacer del goce de los sujetos una cuestión meramente identificatoria y restituye al deseo su estrecho vínculo al goce. El deseo, dirá Miller, es en el fondo una función errática y sin ley para la que convendrá añadir el objeto, el fantasma, la causa, para enmarcarlo y alojarlo.

La práctica analítica nos permite así llevar a un sujeto hasta su posición sexuada por fuera del ser para la norma y lo más cerca posible de la imposibilidad de nombrar su goce con un significante amo. La experiencia del análisis se orienta hacia ese real, asexuado y sin género, al que el sujeto ha respondido con algunas fijaciones de goce en las que sostener su deseo. Y, así, nos permite preguntarnos ¿cómo ha llegado cada sujeto a la adopción del tipo ideal de su sexo?

Iván Ruiz