La Norma Imposible del sexo – Tiresias

La Norma Imposible del sexo

El anhelo de encontrar una norma para la sexualidad ha venido acompañando al psicoanálisis desde su invención. Véase la idea de fases del desarrollo sexual que culminarían en una genitalidad normalizada como efecto de una buena asunción de la castración pasada por un Edipo logrado. Esto situó la experiencia analítica en la certeza de que habría una sexualidad que se podría amparar en una norma, factible de alcanzar en el análisis y que se tomaría en cuenta para acceder a la práctica del psicoanálisis. El pensamiento de que habría un para-todos en relación a las cuestiones del sexo operó como una guía para los analistas. En este terreno la figura de un padre normativizador y un significante -el falo- como función universal atravesó la cultura como efecto de los descubrimientos del psicoanálisis. Es la época del padre del Edipo donde se sabe lo que es una sexualidad normal. Esta debe ser heterosexual y genitalmente “madura”. Todo el resto de las manifestaciones de la sexualidad humana, tales como la homosexualidad, las perversiones o las transexualidades que desmentían esta apuesta por la normalidad caían bajo el diagnóstico de lo patológico.

Este ideal tranquilizador y que buscaba atrapar la sexualidad dentro de unos cánones que permitieran dar cuenta del enigma que en ella se juega fue puesto en cuestión, fundamentalmente, por la sexualidad femenina. La feminidad incluye un goce que no se deja nombrar ni -por ende- normativizar por la lógica fálica poniendo en cuestión -como lo viene haciendo desde los albores de la humanidad- la lógica del universal que impera en la masculinidad. A su vez, las diversas sexualidades que conviven en la cultura empujan por un reconocimiento que las hurte de la inclusión en el terreno de lo patológico.

Esto no dejará de tener efectos en el psicoanálisis que es llevado a extraer las consecuencias de la última enseñanza de Lacan, tal como viene haciendo Jacques-Alain Miller desde hace muchos años en su seminario. Dichas consecuencias implican un cambio sustancial en la práctica analítica que incluye el abandono de todo pensamiento normativizador. Esto es así porque hay un pasaje en la enseñanza de Lacan de la preminencia dada al Otro, en sus comienzos, como dador de sentido a los síntomas -por donde se cuela la norma- a la idea de “Hay el uno” que implica la existencia de una marca primaria, contingente  y singular de la letra en el cuerpo que va a producir un goce autoerótico: el cuerpo se goza a sí mismo más allá del Otro. Este goce queda fijado -no hay desarrollo del mismo- y es la causa de toda repetición. Dicho acontecimiento del cuerpo constituye la fuente en la cual abrevan los goces del ser hablante. Un goce primario que está más acá del sentido y de la norma ya que hay tantos acontecimientos del cuerpo como seres hablantes haya. Es en la última parte de la enseñanza de Lacan donde este goce, el goce femenino, se extiende al campo del ser hablante sin tomar en cuenta lo que la anatomía señale. Acompaña este movimiento la devaluación del padre, del Nombre del Padre, como figura normativizadora para pasar a ser pluralizado a tal punto que Lacan habla de versiones del padre (père-version), la versión singular con la que se encontrará cada ser hablante.

Debemos tomar muy en serio, entonces, el dilema propuesto por Jacques-Alain Miller en la última clase de su seminario “El ser y el uno”. Allí les plantea a los psicoanalistas la cuestión de si el psicoanálisis va a ser una respuesta tonta al enigma de la sexualidad al sostenerse en la espera del surgimiento de la revelación de una verdad o podrá atender a lo que en realidad sucede: que la sexualidad comporta la existencia de un goce opaco e irreductible imposible de atrapar por cualquier norma, velado por el inconsciente transferencial y ajeno al bla-bla-bla de la palabra. Específica singularidad del cuerpo que no le pide permiso a nadie para gozarse.

Joaquín Caretti