Viejas y nuevas perversiones – Tiresias

Viejas y nuevas perversiones

En su resumen de la doctrina de la perversión, Hervé Castanet (La Perversion, París, Economica, 2012) propone una tesis, inspirada en la enseñanza de Jacques-Alain Miller (curso del 16.04.1986): que la perversión es un recurso para transformar la inconsistencia del Otro en una incompletud, con el fin de proponerse el modo de completarlo. Nuestra cuestión es si hay una evolución en las perversiones, que permita hablar de viejas y nuevas.

Las viejas son conocidas. La perversión es la fantasía del neurótico, que se torna realidad en el perverso. El elemento de articulación entre el sueño y la vigilia es el fantasma: una cosa es imaginar que “pegan a un niño” y otra muy distinta hacerlo. Una de las diferencias es que en el primer caso, la culpabilidad hace de barrera al goce, tornándolo imposible. En el segundo, como enseñó el marqués de Sade, el mal puede llegar a adquirir una categoría divina e inmortal.

El perverso entonces se ocupa del cuerpo del otro, incluso cuando se trata del suyo. Quiere hacerlo gozar, y elevarlo a la categoría de un Otro completo. Es una tarea imposible, porque al cuerpo del partenaire sólo accedemos en parte; de ahí el trabajo aplicado del perverso para atrapar en un dispositivo material ese cuerpo que se le escapa. Y, tal como señalaba Jacques-Alain Miller también en su Curso, sabe cómo hacerlo, y dónde encontrar los lugares adecuados para jugar. Pero en ese trabajo, y al contrario del esclavo hegeliano, que aumenta su saber con su labor, el perverso pierde su saber. Cree, iluso, que llegará a hacer existir al Otro, y por esto no avanza, se estanca en rituales, y no se analiza. Es neurótico quien envidia el goce que supone ahí, el de un acto sexual integral, y siente su falta.

Ignorado para el perverso, hay un saber en la perversión, aquél que hace lógico el goce. El perverso demuestra la parcialidad del objeto: tanto en el sentido de tomar un trozo, como en el de mostrar la faz de credulidad. En el primer caso, el objeto parcial es elevado por Lacan a la condición de objeto a, producción lógica de un análisis que presenta lo que es imposible de decir. En el segundo, presenta la metonimia que puede, con suerte, si llega el mensaje, transformarse en la condición de la metáfora del amor. Pero entonces ya salimos de la perversión. El saber del perverso es saber hacer con el fantasma; bien distinto del saber apañárselas con el síntoma. Por eso, en el límite, podemos escuchar al perverso cuando nos muestra, a su pesar, que no existe el goce del Otro. Lacan, en su Seminario de La ética del psicoanálisis recoge la lección de Sade, según la cual no se puede gozar nunca del Otro, ni “del cuerpo del Otro que lo simboliza”, sino tan sólo de una parte.

Hasta aquí la “vieja” perversión. Pero si distinguimos ese goce del Otro del goce Otro, el goce femenino, hasta aquí apartado de la perversión, ¿podremos hablar de nuevas perversiones? Si fuera así, sería un indicio más de esa feminización del mundo en la que nos encontramos.

Tomemos entonces ese goce Otro, como lo presenta Lacan, deslocalizado, o puesto en un infinito en el que Aquiles no encuentra a la Tortuga. El goce excedente, suplementario, no sería de un sujeto ni se condensaría en un objeto; pero, las más de las veces, quien goza huye de él. Un psicoanálisis puede acercar al ser hablante un poco más a ese real, a ese punto sin Otro que lo diga. ¿Habría una perversión sin Otro, cuando entendemos que la perversión es un modo de hacer existir al Otro? Quizá nuestro tiempo se está intentando emplear en ello, en el desespero de restituir un orden. Entonces sería un orden basado en lo que queda cuando el Otro no existe: un cuerpo sin ley. Pero esto es contradictorio, porque el cuerpo trae consigo, cuando menos, la ley de su caducidad, lo que Freud denominó pulsión de muerte. Entonces, la nueva perversión iría hacia una volatilización del cuerpo, o directamente hacia el mal; pero esto último no es nuevo. Quizá ayude para ese camino la constatación de que las perversiones han entrado en el espacio de la libertad de mercado: a cada cual, con su artefacto, su modo de gozar.

Antoni Vicens